Muchas
son las reflexiones que me surgen con la pregunta ¿Para qué el Espíritu Santo? A
continuación comparto algunas de ellas.
«Les conviene
que Yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; pero si
me voy, se los enviaré». (Jn 16, 7) Reflexionando este versículo, me convenzo más del gran amor
que Dios tiene para conmigo, pues, en la libertad que él me ha concedido, hay
bastantes momentos en que él es quien actúa en mi y así a través de mi persona
actúa hacia con los demás.
«Cuando venga Él, el
Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por
su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y les explicará lo que ha de venir». (Jn
16, 13) Gracias a Dios con el paso del tiempo,
participando en cursos y tratando de tener una formación seria sobre la gran
responsabilidad que tengo al ser catequista, me estoy esforzando por vivir en
la verdad. Ver a los catequizandos que me han sido asignados, como una
maravillosa oportunidad de mostrar el amor que Jesús nos tiene y dejar que el
Espíritu Santo sea el que les hable por
mi persona.
«El Paráclito,
el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, se los enseñará todo y
les recordará todo lo que Yo les he dicho». (Jn 14, 26) Tengo cierto que sin
el Espíritu Santo no puedo dejar de sentir momentos de desolación, de no sentir
la presencia de Dios en mi vida, sin embargo, al reflexionar este tema me llena
de confianza el saber que el Espíritu Santo me ensañará todo en medida de que
yo se lo permita, si realmente vivo en la verdad. Sobre que si alguna vez me he
planteado el ¿ser santo?, sin duda y tengo claro que para eso he sido creado y
por lo mismo vivo esforzándome cada día por vivir en la verdad.
«Cuando venga
el Paráclito, que Yo les enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad,
que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí». (Jn 15, 26) Día a día me voy
convenciendo que necesito experimentar, a cada momento, la presencia del
Espíritu Santo, pues solo de esta manera podré hacer a Jesús el Señor de mi
vida, máxime dándome como catequista, pues me queda claro que “nadie puede dar
lo que no tiene”, y si pretendo mostrar a un Jesús vivo a los catequizandos,
tengo que experimentar a ese Jesús vivo en cada momento de mi vida.
«Cuando el
Espíritu Santo venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo
referente a la justicia y en lo referente al juicio». (Jn 16, 8) Que difícil me resulta evitar caer en las tentaciones
que me llevan a “pecar”, y alejarme de Dios y de su plan para mí. Consciente de
mi gran debilidad todos los días me dirijo al Padre, con la oración del Padre
Nuestro, reflexionando en las siete peticiones (y compromisos) que ella
encierra, principalmente me detengo a reflexionar en “perdona nuestras (mis)
ofensas, como perdonamos (perdono) a los que nos (me) ofenden” y en “no nos
dejes (me dejes) caer en tentación”, pues, sin hacer a un lado la importancia
de las otras cinco peticiones, son las que más trabajo me cuestan cumplir. Vivo
haciendo el esfuerzo por ser una “masa fácil de amoldar”, renunciando a mi
propia voluntad, mis caprichos e intento convertirme en un servidor de la
voluntad de Dios. Analizando estos puntos, hay algo que me queda claro, al
final mi comportamiento tendrá consecuencias. Confío en que el Espíritu Santo
me conduce a discernir en lo que es bueno (agradable) y lo que es malo (desagradable)
a Dios. Intento mantener mis ojos abiertos y estar al pendiente de lo que hago;
dejarme ayudar por el Espíritu Santo y distinguir lo importante y lo no
importante.
«Él me dará
gloria, porque recibirá de lo mío y se lo explicará a ustedes». (Jn 16, 14) Que difícil entender el
misterio Trinitario, sin embargo para mí, me basta con creer en la unidad entre
el Padre Creador, el Hijo Salvador y el Espíritu Consolador, pues gracias a la
acción Trinitaria soy, existo y puedo contribuir a la construcción del Reino de
Dios. Por eso, cuando sirvo como catequista (me queda claro debe ser en todo
momento de mi vida, pues mi actuar debe ser una catequesis y evangelización
sobre la presencia del Jesús vivo entre nosotros), estoy sirviendo al mismo
Jesús y debo mostrarlo, no como un hombre muerto, sino como el Dios vivo entre
nosotros, mostrar al Jesús Glorificado.